26.01.2024

He de decirte que he echado de menos escribir esta newsletter, pero no me he sentido culpable por no hacerlo y ese pequeño detalle es, en realidad, una novedad importante.

La cuestión es que en los últimos días del 2023 una bronquitis se me subió al pecho y me ha tenido fuera de combate hasta hace relativamente poco.

Ya sabrás que este año ha pegado fuerte, quizás tampoco tú te hayas librado. Por aquí se tradujo en días con bastante fiebre, dolores varios, tos (mucha, mucha tos) y una sensación constante de ir muy justo de aire (que no me ha abandonado del todo).

Mientras tanto las tareas por hacer – que siempre abundan y que no esperan por nadie – iban acumulándose en mi bandeja de entrada, en mi libreta y, sobre todo, en mi cabeza.

Pero esta vez no he hecho lo de siempre y el cambio está dando sus frutos.

Me tenías que ver antes, cada arranque de año llenaba hojas y más hojas con listas de objetivos y tareas, calendarios y esquemas intrincadísimos que me daban la falsa sensación de saber hacia dónde me dirigía.

Pocas semanas después me desinflaba como un globo bajo el peso de la culpa por no cumplir lo que me había prometido.

Este año le he dedicado a esto una única página en mi diario, a la que he titulado “Antipropósitos”.

Y he escrito, entre otras cosas, esto:

“Este año solo quiero aplicar lo que he aprendido, simplificar y olvidar mi tendencia a la autoexplotación.”

Cuando hablo de aplicar lo que he aprendido me refiero a ser más consciente de qué me funciona y qué no. Porque hay mil maneras de afrontar las cosas, pero no todas valen para todo el mundo.

Y si algo he aprendido es que machacarme cuando no estoy produciendo (lo que sea, contenidos, fotografías, ideas,…) no solo no me funciona sino que es contraproducente.

No solo no ayuda, sino que me lo pone más difícil.

Sentirse mal por lo que no haces no sirve de nada (ni cuando dejas de hacer porque realmente no puedes, como cuando estás enfermo, ni cuando pasa porque, simplemente, ese día no te apetece, o no tienes energía, o surge un imprevisto que tienes que atender).

Da igual el motivo por el que no hayas hecho, machacarte por ello solo va a ponerte más difícil retomarlo.

La clave, ahora lo entiendo, está en la constancia y la autocompasión.

Constancia para dedicar un rato a aquello en lo que quieres crecer, aunque sean solo unos minutos al día, y repetirlo de forma constante.

Autocompasión para tratarte como tratarías a un amigo, para decirte – y creerte – que no pasa nada ni hoy no has hecho lo que querías hacer.

Por lo que sea.

Sí, también si, simplemente, has tenido un día raro, o si las dudas te han atenazado.

Antes me perdía en grandes planes, detallados hasta el exceso, divididos en tareas que a su vez tenían subtareas y encajados – apiñados, más bien – en mi agenda.

Ahora hago una pequeña lista de lo que – creo que – requiere cada frente abierto (editar un trabajo, estudiar un tema, preparar un curso o un taller, montar una exposición) y a partir de ahí solo me preocupo de sumarle tiempo.

Si puede ser, un poco todos los días.

Si un día no puede ser (o pudiendo, no es), pues al siguiente. O al otro.

Sin dramas.

Sin aumentar el contador de la culpa.

Es increíble cómo cambia todo cuando miras solo el paso que tienes que dar en ese momento y no dónde esperas llegar.

Nada más, por ahora.

Te mando un cálido abrazo.

Jota.

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